«¿Compostar yo, que vivo en un tercero sin balcón?» Es la primera reacción de casi todo el mundo, y es comprensible: asociamos el compost a un montón de restos pudriéndose en el fondo del jardín. Pero casi la mitad de lo que tiramos a la basura son restos orgánicos, y convertirlos en abono dentro de casa es más fácil y limpio de lo que parece.
Qué necesitas de verdad
Para un piso, la opción más cómoda es un cubo de compostaje cerrado o una vermicompostera, donde unas lombrices rojas hacen el trabajo silenciosamente. Caben debajo del fregadero o en una esquina de la terraza. Cuestan entre 30 y 60 euros, aunque mucha gente se fabrica uno con dos cubos apilados y unos agujeros.
La clave del «no huele» es el equilibrio: por cada parte de restos húmedos (peladuras, posos de café, restos de fruta) añades una parte de material seco (cartón de huevera troceado, papel sin tinta, hojas secas). Ese material seco absorbe la humedad y evita la fermentación que provoca el mal olor.
Qué echar y qué no
- Sí: peladuras de fruta y verdura, posos de café con su filtro, bolsitas de té, cáscara de huevo triturada, pan duro.
- No: carne, pescado, lácteos ni aceite, porque sí huelen y atraen bichos.
- Con cuidado: cítricos y cebolla en poca cantidad, que las lombrices digieren despacio.
Del cubo a las macetas
En unas ocho a doce semanas tendrás un material oscuro que huele a tierra de bosque, no a basura. Ese es el compost. Sirve para las plantas de interior, el huerto del balcón o para regalárselo al vecino con jardín. La vermicompostera además suelta un líquido marrón —el «té de lombriz»— que, diluido en agua, es un abono líquido excelente.
Más allá del abono gratis, lo interesante es lo que dejas de tirar: una persona genera unos 150 kilos de orgánico al año. Compostando, esa basura deja de ir al camión, dejas de oler la bolsa que se queda dos días en la cocina y cierras un círculo pequeño pero muy satisfactorio. Empieza con un cubo, sin agobios; si algo huele, es que falta cartón seco.