Llevas años reciclando y, aun así, cada cierto tiempo te quedas con un envase en la mano sin saber a qué contenedor va. No eres el único: las dudas se repiten y, peor todavía, muchos errores «con buena intención» estropean toda una bolsa de reciclaje. Vamos a aclararlo con ejemplos, no con teoría.
Amarillo: envases, no plásticos
El error más común es pensar que el amarillo es «para el plástico». No: es para envases ligeros. Ahí van botellas de plástico, briks de leche y zumo, latas de conserva y refresco, bandejas de corcho blanco, tapones y papel de aluminio. No va un juguete de plástico roto, ni un cubo viejo, ni un bolígrafo: eso es plástico, pero no es un envase, y va al contenedor de restos o al punto limpio.
Azul y verde: las dudas clásicas
- Azul (papel y cartón): cajas plegadas, periódicos, revistas. No el tíquet de la compra (es papel térmico), ni servilletas usadas, ni cartón muy manchado de grasa.
- Verde (vidrio): botellas y tarros de cristal. Quita la tapa. No van los vasos, ni los espejos, ni la cerámica, ni las bombillas: aunque parezcan vidrio, son materiales distintos que contaminan el fundido.
- Marrón (orgánico): restos de comida y pequeños restos de jardín, donde ya está implantado.
Los tres mandamientos que marcan la diferencia
Primero, separa los materiales: una bandeja de plástico con film y una etiqueta de papel se reciclan mejor desmontada. Segundo, no hace falta lavar los envases con agua y jabón —gastarías más agua de la que ahorras—, basta con vaciarlos y rascar lo gordo. Tercero, aplasta botellas y cajas para que quepa más y los camiones hagan menos viajes.
En caso de duda con un objeto raro —una sartén, un cable, un electrodoméstico pequeño—, la respuesta casi nunca es «al que mejor me pille»: es el punto limpio. Tirar algo al contenedor equivocado no es reciclar más, es ensuciar lo que otros han separado bien. Con estas pautas, el 95 % de tus dudas quedan resueltas para siempre.