Tenemos metida en la cabeza una imagen de jardín que no encaja con nuestro clima: una alfombra de césped verde intenso, como de campo de golf inglés. El problema es que ese césped, en buena parte de España, es una planta sedienta que necesita riego constante para no achicharrarse en verano, justo cuando menos agua hay. Existe una alternativa preciosa, fácil y de bajísimo consumo: el jardín mediterráneo, adaptado a nuestra tierra.
El césped, el gran derrochador
Mantener un césped verde en clima mediterráneo puede llevarse una parte enorme del agua de riego de una casa. Pasa sed, se quema, pide siega constante y abonos. Reducir su tamaño o sustituirlo es el mayor ahorro de agua que puede hacer un jardín. No hace falta eliminarlo del todo: basta reservar una zona pequeña de césped donde de verdad se use —para que jueguen los niños, por ejemplo— y replantear el resto.
Plantas que aman el secano
- Aromáticas mediterráneas: lavanda, romero, tomillo, salvia, santolina. Huelen de maravilla, atraen abejas y aguantan el calor con poquísima agua.
- Arbustos y plantas autóctonas: jara, adelfa, lentisco, plantas crasas y suculentas que almacenan agua.
- Olivos, cipreses, granados o almendros como árboles resistentes y muy de aquí.
- Gramíneas ornamentales y cubresuelos que tapan el terreno sin pedir riego.
Trucos de diseño que ahorran
Un jardín de bajo consumo se piensa para que la naturaleza haga el trabajo. Agrupa las plantas según su necesidad de agua, para regar solo donde hace falta. Cubre el suelo con grava, corteza o acolchado, que conserva la humedad y evita las malas hierbas. Riega por goteo, de madrugada o al atardecer, y solo mientras las plantas se establecen: una vez arraigadas, las especies autóctonas tiran casi solas con la lluvia. Las piedras, los caminos de gravilla y los rincones de sombra completan un conjunto muy mediterráneo.
El resultado no es un jardín «de segunda» ni triste: es un jardín lleno de aroma, color, abejas y mariposas, vivo durante todo el año, que apenas necesita agua ni mantenimiento. Cuando llega la sequía y las restricciones, mientras los céspedes amarillean, el jardín mediterráneo sigue tan campante. Trabajar con el clima en lugar de contra él es, también aquí, el camino más sensato y más bello.