En agosto, con el termómetro rondando los treinta y cinco grados, miles de turistas se duchan dos veces al día en hoteles situados a apenas quince kilómetros de una marisma que lleva años sin ver correr el agua con normalidad. No es una metáfora: los piezómetros que miden el nivel del acuífero de Doñana detectan diferencias de consumo entre el día y la noche, y entre los días laborables y el fin de semana, según ha confirmado el CSIC. El turista bebe, se ducha, riega el jardín del hotel y llena la piscina, y ese consumo queda registrado con la misma precisión que un contador de la luz. De hecho, España volvió a batir récords de llegadas internacionales en los últimos veranos, y ese éxito convive cada vez con más fricción con un país que sufre sequías recurrentes, incendios forestales cada julio y espacios naturales protegidos que ya no soportan la presión que reciben. Tres respuestas muy distintas conviven ahora mismo en el mapa: Baleares cobra un impuesto por dormir en sus islas desde 2016, Barcelona ha decidido acabar con los pisos turísticos en 2028 y Doñana lleva sobreexplotada, de forma oficial, desde 2020. ¿Sale el destino mejor o peor parado después de que tú te vayas? Esa es la pregunta que cada vez más gente que viaja dentro de España empieza a hacerse antes de reservar.
Doñana, el síntoma más visible — pero no el único
El problema no es la fresa ni el turista aislado: es la suma de los dos, más el golf, más la piscina, más treinta años de mirar hacia otro lado.
El acuífero de Doñana fue declarado oficialmente sobreexplotado en agosto de 2020, cuando el Boletín Oficial del Estado publicó la resolución tras décadas de evidencias que nadie quiso convertir en política pública. Un informe de WWF España sitúa el índice de explotación en el 109 %: se extrae más agua subterránea de la que el sistema es capaz de recargar. Buena parte de esa extracción riega cerca de 19.000 hectáreas de cultivo intensivo, en gran medida fresas para exportación, en una comarca que depende del acuífero para casi todo, incluido el turismo. En 2022 la laguna de Santa Olalla, la última que conservaba agua permanente en pleno agosto, se secó por completo y quedó reducida a un charco donde ya no acudían las aves acuáticas que durante generaciones habían hecho de Doñana una parada obligatoria en sus migraciones. Las lluvias de los últimos dos inviernos han estabilizado la situación —la inundación de la marisma llegó a ocupar 32.207 hectáreas esta primavera, casi el doble que en febrero de 2025—, pero estabilizar no es lo mismo que recuperar. El propio director de la Estación Biológica de Doñana, Eloy Revilla, ha insistido en que el problema de fondo sigue siendo la sobreexplotación, no la lluvia que cae un año concreto.
Nada de esto significa que haya que tachar el suroeste andaluz del mapa de vacaciones. Significa que el agua que gastas en la ducha del hotel de Matalascañas no es un recurso infinito ni ajeno al parque que fuiste a visitar, y que elegir un alojamiento con certificación ambiental real —no un cartel de "eco" pegado en la puerta— empieza a ser una decisión con peso real sobre el terreno.
La ecotasa balear: pagar por el impacto, no solo por la habitación
Baleares lleva desde 2016 cobrando el Impuesto sobre Estancias Turísticas, conocido popularmente como ecotasa, y en 2026 la tarifa se mueve entre 1 y 4 euros por persona y noche según la categoría del alojamiento. La subida que se anunció para este año finalmente no entró en vigor, así que las cantidades siguen siendo las mismas que en la temporada anterior. Lo paga el huésped, no el propietario, aunque es el hotel o el gestor de la vivienda turística quien lo recauda y lo ingresa en la Agencia Tributaria de las Islas Baleares. La recaudación no se queda en un fondo genérico: financia directamente el Fondo para Favorecer el Turismo Sostenible, con el que el Govern balear dice movilizar hasta 350 millones de euros en proyectos de medioambiente e infraestructura.
Mejor opción, si vas a pasar más de una semana en la isla: concentrar la estancia en un único alojamiento en lugar de saltar entre dos o tres apartamentos distintos. A partir de la novena noche consecutiva en el mismo sitio, el impuesto se reduce a la mitad, así que quien reserva pensando en la ecotasa —y no solo en el precio del vuelo— también ahorra dinero. Los menores de dieciséis años están exentos, lo que hace que viajar en familia salga más barato de lo que muchos turistas asumen sin comprobarlo antes de reservar.
Barcelona cierra la puerta a los pisos turísticos
Mientras Baleares gestiona el impacto cobrando por él, Barcelona ha optado por una vía más drástica: eliminar directamente la figura del piso turístico. El alcalde Jaume Collboni anunció que las 10.101 licencias de vivienda de uso turístico activas en la ciudad no se renovarán a partir de noviembre de 2028, dentro del llamado Plan Viure, después de que el Tribunal Constitucional validara en marzo de 2025 el decreto catalán que permite a los municipios con presión residencial alta limitar este tipo de licencias en el tiempo. La justificación oficial es la vivienda: el alquiler medio en la ciudad supera ya los 1.100 euros al mes, y el Ayuntamiento sostiene que no puede permitirse mantener miles de pisos dedicados en exclusiva al turismo mientras los vecinos no encuentran dónde vivir.
La patronal del sector, Apertur, calcula que la medida eliminará el 40 % de la capacidad de alojamiento turístico de la ciudad. El efecto ya se nota este verano en los barrios más centrales, donde los precios por noche de los apartamentos que todavía quedan disponibles suben con claridad y las familias numerosas —las que más dependen de un piso frente a una habitación de hotel— son quienes más lo están notando. Aquí está el matiz que casi nadie menciona: cerrar la vía del piso turístico no reduce automáticamente el número de personas que llegan a Barcelona, solo cambia dónde se alojan y cuánto pagan por ello. El problema de fondo —demasiada gente en el mismo barrio, la misma semana— sigue sin resolverse solo con esta medida.
Cómo elegir un destino que no agote el lugar que visitas
¿De verdad necesitas ese apartamento con vistas al mar en pleno agosto, o te serviría igual uno a quince minutos andando de la playa y bastante más barato? La pregunta no es retórica: los barrios de primera línea son casi siempre los que sufren más presión sobre el agua, la basura y el ruido, y moverte tres calles tierra adentro suele bastar para aligerar tu huella sin renunciar a nada del viaje.
Fuera de temporada y fuera del centro
- Adelanta o retrasa el viaje una o dos semanas respecto al pico de la primera quincena de agosto: el Cantábrico y el Pirineo mantienen buen tiempo hasta bien entrado septiembre, con muchísima menos gente.
- Prioriza pueblos del interior con menos de cinco mil habitantes frente a las capitales de costa; muchos ofrecen turismo rural certificado y necesitan la actividad económica más que Ibiza o Mallorca.
- Comprueba si el parque natural que quieres visitar exige reserva previa, como ya ocurre en el Teide o en Timanfaya, porque esas restricciones existen precisamente para que el espacio aguante.
Antes de reservar, mira el agua
Evita reservar en localidades que ya han decretado restricciones de agua ese mismo verano —la información suele estar en la web del ayuntamiento o del consorcio de aguas correspondiente, y consultarla lleva menos de cinco minutos—. No vale la pena insistir en un destino que ya está racionando el agua a sus vecinos solo porque el vuelo salía barato: casi siempre hay alternativas a menos de una hora de distancia que no cargan con ese problema.
Lo que puedes hacer aunque ya estés allí
La huella de un viaje no se decide solo al reservar. También se juega, día a día, en gestos que cuestan cero euros y que la mayoría de turistas simplemente no se plantea.
- Ducha corta en vez de baño: un baño lleno gasta de media entre 150 y 200 litros, mientras que una ducha de cinco minutos se queda en 60 u 80.
- Reutiliza la toalla más de un día. Casi todos los hoteles ya lo permiten, aunque muy pocos huéspedes se molestan en colgarla en vez de tirarla al suelo.
- Come en negocios familiares alejados del paseo marítimo, donde los márgenes son más ajustados y cada euro que gastas se queda de verdad en el pueblo.
- Respeta la señalización de los espacios protegidos, aunque no haya nadie vigilando en ese momento — sobre todo en dunas, marismas y zonas de nidificación.
El verano de 2026 no va a ser el último con sequías, incendios y acuíferos al límite, y España seguirá recibiendo más visitantes que casi cualquier otro país del planeta. La diferencia la marca, cada vez más, la suma de decisiones pequeñas —qué barrio eliges, cuántas noches te quedas, si compruebas el agua antes de reservar— que ningún cartel de bienvenida te va a explicar en la puerta del hotel.